El campo mexicano ha sido, históricamente, el pilar silencioso de todo desarrollo. Sin embargo, el crecimiento exponencial del sistema industrial ha operado de forma quirúrgica y profunda un nuevo pensamiento en la visión colectiva: la tierra ha dejado de ser percibida como organismo vivo para convertirse en simple capital. En San Felipe, Guanajuato, este cambio de paradigma no es una abstracción; es una realidad que se respira en el abandono de sus zonas forestales y agrícolas.
Al ignorar los servicios ecosistémicos que estas tierras ofrecen, la sociedad atraviesa una crisis de cosmovisión. No solo se pierde biodiversidad, se pierde relación con lo no-humano, provocando una enajenación donde el individuo ya no se reconoce como parte de la naturaleza.
Esta fractura en los primeros saberes ha despojado a nuestro entorno de su valor propio, relegándolo a la categoría de mercancía pasiva al servicio del capital. Lo más alarmante es que esta ideología utilitarista se ha infiltrado de forma sistemática que hoy resulta casi indetectable para la población.
Un punto crítico, y lamentablemente poco cuestionado, es la mutación de la oferta educativa local. Si bien no se trata de desprestigiar a ningún área del conocimiento, la dirección que toma la educación en el municipio es la prueba evidente de que el utilitarismo esta ganado la batalla cultural.
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La sustitución de programas enfocados en la restauración, conservación y manejo de ecosistemas – como lo fue la ingeniería forestal – por licenciaturas orientadas exclusivamente a la gestión empresarial, no es una coincidencia de mercado. Es una declaración de intenciones que deja claras dos premisas:
- La educación como engranaje: las instancias educativas operan bajo lógica de negocio, retirando propuestas que buscan el mejoramiento del territorio para suplirlas por aquellas que responde a las necesidades inmediatas de los corredores industriales que nos rodean.
- La institucionalización del despojo: al priorizar la gestión del capital sobre el conocimiento de los ecosistemas que nos rodean, el municipio interioriza una visión donde lo rural solo tiene valor si le es funcional a la industria.
El exilio de la tierra
Este modelo ha convertido al campo en un espacio gestionado bajo una asistencia técnica de escritorio que, irónicamente, se ha vuelto obsoleta frente a las necesidades reales de la población. El resultado es un territorio que se vuelve ajeno a sus propios habitantes.
La dependencia de la migración no es solo un fenómeno económico; es la consecuencia física de una enajenación mental previa. El abandono de las tierras en San Felipe es el último paso de un proceso que empezó en el pensamiento: dejamos de entender la naturaleza, y por lo tanto, dejamos de pertenecer a ella.
Recuperar los saberes de la naturaleza que nos ofrecía la ingeniería forestal, no es solo un capricho nostálgico, es uno de los pocos caminos que teníamos para detener el exilio de nuestra propia identidad.







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