Sobreviviente, activista y, ante todo, una madre protectora para cientos de mujeres trans que el Estado mexicano decidió ignorar. Kenya Cuevas no buscó el activismo; el activismo la alcanzó la noche en que la impunidad le arrebató a quienes amaba.
Hoy, con la fuerza de quien ya no le teme a nada, nos recibe en San Felipe, Guanajuato, para hablar de justicia, memoria y de los hogares que ha construido donde antes solo había abandono.
Directora y fundadora de Casa de las Muñecas Tiresias, Kenya es una activista nacional e internacional de 52 años que ha defendido los derechos humanos de las minorías trans a partir del asesinato de su mejor amiga Paola Buenrostro, en el 2016.
“Me ha tocado vivir la violencia estructural, sistemática e histórica que hemos demandado las personas de la diversidad.”

Pero, ¿cuál es la historia de vida de Kenya Cuevas?
“A los 9 años soy expulsada de esta violencia (doméstica), y empecé a vivir una vida como trabajadora sexual y consumidora de sustancias, siendo yo una menor de edad. Esto me llevó a vivir 18 años en situación de calle, viviendo otro tipo de violencias, abandono y soledad, adquiriendo VIH a los 13 años.”
Kenya narra con crudeza cómo el fallido sistema de protección a las comunidades vulnerables en México la llevó a ser presa durante 10 años y 8 meses con una sentencia de 24 años, esto tras ser acusada falsamente de la venta de sustancias siendo que, en sus palabras, “solo era una consumidora más”
“Logré comprobarle al Estado que yo era inocente, y por eso es que me dejan en libertad. Pero durante ese periodo… logro entender muchas cosas. Lo que era llegar a un espacio, tener estabilidad, conocer una familia, empezar a buscar y desarrollar habilidades para dejar el consumo, cuidar enfermos en fase terminal de VIH y de ahí prepararme como promotora en prevención de VIH y aplicadora de pruebas rápidas.”

“Desde esa mirada, a mi salida empiezo a hacer prevención de VIH con las trabajadoras sexuales y durante 6 años empiezo a vincularlas al área de salud de la Ciudad de México, a sacarles sus documentos de identidad para poder aperturar un expediente, y de esa forma tuvieran accesibilidad al derecho de los medicamentos antirretrovirales.”
Su activismo humanitario pronto comienza a cambiar vidas con el esplendor de lo que parece ser un cuento con final feliz, hasta que un doloroso crimen de odio cambia la dinámica que hasta el momento movía a Kenya en su actuar.
“El 30 de septiembre del 2016, me toca presenciar el asesinato de mi mejor amiga en la Ciudad de México. Èramos trabajadoras sexuales, y llegó un sujeto solicitando nuestros servicios, y varias de nosotras no quisimos subirnos a ese carro; sin embargo, Paola sí se sube, y avanzando unos metros empezamos a escuchar que gritaba mi nombre con gritos de auxilio. Entonces, cuando me acerco al vehículo, escucho unas detonaciones de arma de fuego. En ese momento decido atrapar al asesino, lo presentamos ante el Ministerio Público, y ahí fue donde viví la violencia institucional y la criminalización por ser una trabajadora sexual trans (…) Al ver que me negaron información y que no me querían entregar el cuerpo, decido amenazar a los fiscales y logro recuperar el cuerpo de mi amiga. Llevamos la audiencia oral con este sujeto y en esa audiencia lo dejan en libertad.
Toda la impunidad que se vivió durante el proceso, la denuncio después de haber colocado el cuerpo de Paola en la avenida de los Insurgentes, y comienza mi búsqueda de justicia.
Posteriormente me di cuenta que como víctima no estaba siendo escuchada, así que decidí ser activista. Empecé a prepararme, empecé a formar una organización que es Casa de las Muñecas Tiresias, y a partir de esa preparación pues yo he venido profesionalizándome en el tema.”

ADP: A partir de todo esto, con toda esta trayectoria ¿cuál ha sido el que tú consideras el mayor reto de todos?
“Pues yo creo que el mayor reto es el sistema en el que vivimos los mexicanos y mexicanas, que ha sido un sistema que se ha construido desde el prejuicio, desde los usos y costumbres, desde las creencias religiosas, y el Estado no ha entendido que es laico.
Kenya comenta que el Estado debe de ser imparcial contra todas las formas de pensar, además asegura que las autoridades, las personas que se colocan en estos espacios institucionales, tienen muy arraigado el sistema de predicar, bajo el precepto de “esto no es de Dios”. Todo esto ha sido una afectación sistemática que históricamente ha sido por lo que en nombre de Dios nos han matado muchas veces.
Ese es el mayor reto que tenemos ahorita las personas activistas. A pesar de que hacemos el esfuerzo de sensibilizar, capacitar, preparar… Seguimos viendo una resistencia importante.
«Yo escuchaba hace rato que llegué aquí, los regidores, que muchos dicen apoyar y a la mera hora no, entonces, perdón, pero si están en un puesto público, tienen obligaciones, y esas obligaciones son: atender a toda la ciudadanía, así sean minorías, y crear estrategias que lleven a la equidad y lleven a la igualdad».
El odio, arma mortal en contra de la comunidad
En este sentido, la activista puntualiza que este ha sido uno de los mayores retos que han tenido las personas de la diversidad sexual a nivel mundial. Por ello, explica que la expectativa de vida de las personas trans es de 35 a 40 años y que México ocupa el segundo lugar en asesinatos a la comunidad LGBTIQ+ y que esto está completamente relacionado con los discursos que generan el odio.”
ADP: ¿Qué significa para ti estar en un espacio como lo es San Felipe, donde apenas se está visibilizando y formalizando la lucha de la comunidad?
KENYA: “Agradezco que llegue a estos espacios; esa también es la preocupación de muchas personas que sí se han comprometido con la lucha y que sí tienen el conocimiento claro de todo lo que nos toca vivir. Y yo creo que esto va aperturar una nueva era en San Felipe, porque es el principio de un cambio sistemático que se está dando.

Entiendo que también es la primera vez que se aborda el tema, (…) cuando uno empieza a educar desde el ejemplo, desde nuestras propias vivencias, la gente lo va entendiendo. Y lo hemos visto en otros lugares mucho más tradicionales que aquí.
El camino que hemos emprendido desde la sociedad civil ha sido muy respetuoso, pero también no vamos a permitir que nos sigan violando nuestros derechos; hoy ya existen leyes, la discriminación hoy es un delito, y pues quien esté en la función pública y no atienda correctamente estos casos, también se les puede denunciar y se les puede meter a la cárcel.”
ADP: Como activista, sabes que somos propensas a sufrir violencia, acoso, tanto en físico como en medios digitales (los periodistas) A nosotros, como personas que nos estamos introduciendo en el mundo del activismo, y que tenemos incluso amistades que han decidido retirarse por seguridad o por miedo, incluso por salud mental, ¿qué nos puedes decir para que no desistamos de la lucha en un pueblo tan pequeño como es San Felipe?
KENYA: “Muchas veces pensamos que las injusticias nos mueven; sí, sí nos mueven, pero si no tienes la fortaleza necesaria, va a ser algo que se va a volver complejo.
«En primer lugar, tener la convicción para poder defender derechos humanos; posteriormente, saber que no es fácil y que te vas a enfrentar a la crítica, a señalamientos, a posturas religiosas y culturales; que que no van a coincidir con lo que tú piensas, y que eso puede detonarse a violencias que son estructurales«.
Yo también todos los días recibo violencia en medios de comunicación, en redes sociales, pero yo lo que hago es ignorarlas. Veo de quien viene, digo «ay, este pobre hombre no sabe ni lo que dice, que Dios lo bendiga». Yo ya no me enfermo tanto, ¿me entiendes? Trato también de desviar ese tipo de pensamientos y borrarlos de mi redes y todo, por mí salud mental.
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Fíjate que ha habido días malos en el activismo, días en los que he dicho: «Ay, Dios mío, estoy muy cansada», pero nunca he perdido el pie diciendo “¡Ya no quiero!”.
«Mi convicción hace que yo no quiera tirar la toalla a pesar de que viva violencia, a pesar de que yo tenga amenazas de muerte, tenga atentados».
Yo, Kenia Cuevas, ya tengo atentados. Pertenezco al Mecanismo de Protección de Defensores de Derechos Humanos y Periodistas, también tengo escoltas personalizadas, tengo botón de pánico, todo el tiempo estoy monitoreada y cuidada, precisamente por las agresiones que ya he recibido.
Eso no me ha parado porque mi convicción ha sido clara. Pero, sin embargo, no todas las personas tenemos la misma fortaleza y el mismo valor para defenderlo, y por salud mental, siempre buscar ayuda profesional nos ayuda mucho para entender si realmente queremos continuar con un proceso de defensoría de derechos humanos.

Pero sí he de decir que se necesita valor, agallas y, sobre todo, la intención con convicciones de querer hacer el cambio.”
Entre las palabras de gratitud con las que el equipo de A Doble Página se despidió de Kenya, por su tiempo y reconfortante ánimo, la mujer nos dejó con unas últimas palabras de aliento:
“Adelante, que no va a ser fácil. Pero nadie dijo que esto iba a ser fácil, ¿no?”







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